domingo, 1 de mayo de 2011

Diario ABC - Artes y Letras- El renacimiento del mito (30-04-2011)


El Héroe

David Rubín.

* * * * *

2011, 
280 páginas. 25 € (cartoné, color)



Cuando el mes pasado se pudo leer en estas páginas la entrevista a David Rubín con motivo de la inminente publicación de “El Héroe”, ya se intuía que la pasión con la que el artista gallego hablaba de su nueva creación auguraba algo auténticamente grandioso. El primer volumen de esta historia en dos partes que narra las aventuras de Heracles ya está en todas las librerías del país. Y con el temor a parecer demasiado enfático, y tratando de enfriar intelectualmente el discurso apasionado que estoy a punto de desarrollar, quisiera poner de relieve que es difícil juzgar una obra que se presenta a medias. Que deja infectado al lector con el veneno del “continuará”; ese leit motiv con el que crecimos todos los lectores de tebeos (incluido el niño del prefacio). Pero este vacío que deja la espera es una nadería. Mientras aguardamos la continuación matamos el tiempo hablando de lo leído hasta ahora, jugando con ese otro placer que provocan las lecturas: la crítica textual. Y sí. En efecto, el lector que se preste a tal experiencia probablemente esté de acuerdo conmigo: estamos ante el cómic español del año.

Los estímulos sensoriales para afirmar algo así son más que evidentes: a la mejora del estilo de dibujo de Rubín (trazos más seguros, limpios y finos) hay que añadirle un gusto impactante en cuanto a la paleta de colores que impregnan las páginas y una lucida y desarrollada adaptación de la historia helénica del mito de Heracles. La sensibilidad autorial, ese mimo con el que ha trabajado en este entramado narrativo durante dos años y la oleada emocional que desprende cada una de las páginas, es la gran recompensa del lector a esta larga espera desde aquel lejano ya “Cuaderno de Tormentas”, tan alejado en el tiempo, tema y estilo.




Realzada pues la historia con un penetrante estilo visual, la novela gráfica se desarrolla en nueve capítulos en los que se narra bajo luces de neón las glorias de Heracles y las miserias de Euristeo; las aventuras del primer héroe que, en esta adaptación, jugando con anacronías y ucronías se nos ofrece a unos chicos que tienen a su vez como héroes a los mitos norteamericanos (Superman, Batman, Wonder Woman, Linterna Verde...), van en moto por lugares pintorescos escuchando en su ipod a David Bowie o se convierten en víctimas del “starsystem”. Cierto experimento que le sale bien a Rubín (entre tantos otros) es el de reinventar la historia: las terribles experiencias que tiene que vivir Heracles en forma de pruebas impuestas por Euristeo se enmarcan en capítulos autónomos, en los que se puede ver la evolución del héroe, tanto física (en cada capítulo el héroe va haciéndose más mayor) como psicológicamente. La fantasía de este recurso ameniza la lectura de una historia que en ocasiones omite la textualidad para dar paso a una serie de espléndidas páginas de acción en las que no hay más lenguaje que el de la cinética. La potencia de estas planchas, aparentemente de rasgos mundanos típicos de los cómics de superhéroes, encajan a la perfección en la narración global, al tener una calidad que recuerda al mejor Kirby (referenciado ya en la propia portada) o al “Manhunter” de Walter Simonson.

La imaginería de Rubín le va muy bien a esta historia de dioses, proezas tecnológicas, demonios y monstruos. La galería de seres que pueblan estas páginas es estimulante: desde las sensuales amazonas hasta los habitantes oprimidos de los pueblos, las marañas rojas de pelo, los seres mitológicos o las referencias superheroicas. Todo un circo de voluntarios que se mueven alrededor de la figura carismática de este niño al que vemos crecer y entrar en distintas fases de su vida, convirtiéndose capítulo a capítulo en un héroe cada vez más apreciado por la sociedad que lo rodea; una suerte de estrella del rock con sus seductoras noches de pasión con Diana (experta en sado) o con sus programas radiofónicos de debate en torno a su figura.

Nota aparte merece el tratamiento del color; el technicolor eléctrico o de neón con el que se da vida al blanco y negro de las páginas es la esencia de esta nueva sensibilidad. Un artificio más que evidencia la capacidad de renovación del autor (como señala Paco Roca en el prefacio) y que aviva con tonos fuertes las pruebas de Heracles; un mundo de fantasía que denota la oleada de libertad, movilidad y diversión con la que David Rubín ha edificado esta obra de indudable éxito.



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